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5 julio 2009

Esparta

Archivado en: Historia — almirantenearco @ 20:21

GreeceLaconia

Esparta (en griego Σπάρτη) era una ciudad-estado de la antigua Grecia situada en la península del Peloponeso, siendo una de las polis griegas mas importantes junto con Atenas y Tebas.

Historia:

La ciudad fue fundada tras la conquista de la llanura de Mesenia por los habitantes de la vecina Laconia (730 a.C – 710 a.C). Esparta se convirtió en una ciudad Doria, convirtiéndose a partir de finales del siglo VII a.C en la ciudad hoplita por excelencia, concentrándose en su poderío militar. Esparta sometió a la totalidad de Laconia: comenzó por conquistar toda la vega del Eurotas para, a continuación, rechazar a los de Argos de Grecia y asegurarse toda la región. La segunda etapa consistió en la anexión de Mesenia. Esparta era ya la ciudad más poderosa del área, con la Arcadia y Argos como únicos rivales. A mediados del siglo VI a.C Esparta sometió también las ciudades de Arcadia y posteriormente a Argos. Todas ellas se verían forzadas a firmar pactos leoninos.

Nada tenía de excepcional, pero cuando en Eleusis los Corintos cayeron en la cuenta de que se trataba de marchar contra Atenas y derrotar a los pisistrátidas ,dieron media vuelta, seguidos por el otro rey espartano, Demarato. Es lo que se conoce como “divorcio de Eleusis”. A fin de no reincidir en el mismo fracaso, Esparta convocó entonces una cumbre con sus aliados, probablemente en el 505 a.C, para discutir una nueva intervención en Atenas. Esparta tuvo que renunciar ante la firme oposición aliada. Se puede situar en este encuentro el nacimiento formal de la Liga del Peloponeso.

1ª Guerra Médica:

En el siglo VI a.C, Esparta se había interesado por el Asia Menor, entre otras cosas suscribiendo una alianza con Creso, rey de Lidia. Al comienzo del reinado de Cleómenes I, sin embargo, se mostraría más aislacionista, rechazando apoyar, en el 499 a.C, la revuelta de las ciudades de Jonia contra los medos (persas), para centrarse en consolidar su propio imperio del Peloponeso.

En 491 a.C, cuando Cleómenes logró desembarazarse de Demarato, las cosas cambiarían. Los espartanos arrojaron a un pozo a los emisarios de Dario I, llegados para reclamar la tierra y el agua, acto simbólico de aceptación de la hegemonía universal de lo aqueménidas, y despacharon refuerzos a los atenienses (refuerzos que llegaron a Maratón demasiado tarde para participar en la gran victoria griega).

2ª Guerra Médica:

En el año 481 a.C, cuando Jerjes reclamó de nuevo la tierra y el agua a todas las ciudades griegas, exceptuando a Atenas y Esparta, fue naturalmente a ésta última a la que se le confió encabezar la “Liga Panhelénia”, incluyendo la flota, pese a la hegemonía marítima de Atenas.

Los espartanos, mandados por su rey Leónidas, defendieron valerosamente el desfiladero de las Termópilas, retrasando en forma notable el avance de los persas, y permitiendo a la flota replegarse hacia Salamina. En contrapartida, la total victoria de Salamina fue obra de los atenienses, quienes tuvieron que recurrir al chantaje para forzar la batalla en el estrecho.

En el 479 a.C, las victorias de Platea y Micala se lograron bajo el mando del rey Pausanias, único rey de la ciudad en aquel momento debido a la minoría de edad del otro rey, Pleistarcos. El rey Pausanias recibió la misión de destruir el puente de barcas construido por los persas sobre el Bósforo, con el fin de dificultar su retirada, pero una tempestad se encargó por él del trabajo. Con el restablecimiento de la paz, Esparta propuso abandonar a su suerte las ciudades jonias, demasiado lejanas, pero tropezó con la oposición de Atenas, lo mismo que en su sugerencia de expulsar de la anfictonía de Delfos a las ciudades culpables de “medismo” o alianza con los persas: es decir, las de Tesalia.

La guerra del Peloponeso:

Apenas terminadas las guerras médicas, Esparta se inquietó por el creciente poderío de Atenas, enardecida ésta por sus victorias contra los persas. Presionada por Egina y Corinto, Esparta prohibió a Atenas reconstruir sus murallas, destruidas por los persas.

Atenas abandonó la “Liga Panhelénica” para fundar la “Liga de Delos”. Esparta no llegó a desencadenar una guerra y las relaciones se mantuvieron estables hasta el 462 a.C, año en el que desdeñó y envió de vuelta un contingente ateniense dirigido por Cimón, que había acudido a socorrerla en plena revuelta de los ilotas lo cual supuso la ruptura entre ambas ciudades.

Las hostilidades propiamente dichas comenzaron en 457 a.C, a requerimientos de Corinto. Tras una serie de victorias y derrotas para ambos bandos, se alcanzó una paz inestable que duraría cinco años.

En 446 a.C, las revueltas de Megara y Eubea reavivaron el conflicto. Esparta, a la cabeza de las ciudades coaligadas, arrasó el Ática. El propio rey espartano Plistonacte fue acusado de corrupción por no haber proseguido la ofensiva, y condenado al exilio. En 433 a.C, por último, el asunto de Corcira dio lugar al inicio de la Guerra del Peloponeso.

La guerra se prolongaba demasiado. Pericles decidió abandonar el Atica al pillaje sistemático de los espartanos, acogiendo a la población dentro de los Muros Largos, que unían Atenas con su Puerto, El Pireo. En el 425 a.C. se produjo la humillante derrota de Esfacteria, donde 120 Iguales (ver más abajo), pertenecientes en su mayor parte a las grandes familias de Esparta, fueron capturados en un islote. La ciudad tendría que rendir la flota para recuperar a sus hoplitas. El golpe fue traumático: era la primera vez que se veía a los Iguales rendirse en vez de combatir hasta la muerte. En el 421 se firmó en Nicias una paz largo tiempo anhelada.

Esta paz tampoco duro mucho tiempo. En el año 418 a.C. volvio a estallar la Guerra, al considerar Atenas que Esparta habia violado los tratados. Este nuevo conflicto termino con Victoria espartana en el 404 a.C. con la capitulacion de una Atenas sitiada.

Esparta se había lanzado a la Guerra del Peloponeso bajo la bandera de la libertad y de la autonomía de las ciudades, amenazadas por el imperialismo ateniense. Pero, tras haber vencido, haría otro tanto: impuso tributos, gobernantes títeres e incluso guarniciones. A partir del 413 a.C, Tucides la describía como la potencia que “ejerce sola desde ahora la hegemonía sobre toda Grecia” (VIII, 2, 4).

Esparta cambió en consecuencia de política ante Persia, haciéndose la portavoz del Panhelenismo. En primer lugar, se produjo la expedición de los Diez Mil, narrada por  Jenofonte en la Anábasis, derrotada en el 401 a.C. En el 396 a.C, el rey Agesilao IIfue enviado a derrocar a Tisafernes, satrapa de Caria, y proteger a las ciudades griegas. Los sueños imperiales de Agesilao terminaron rápidamente, porque se le convocó de vuelta a causa de los acontecimientos en Grecia: Atenas, Tebas, Argos y otras ciudades se habían rebelado contra Esparta. Era el inicio de la Guerra de Corinto. La coalición fue derrotada en Coronea y Nemea (394 a.C), pero Esparta perdió la hegemonía marítima que tenía por entonces. Entre tanto, los persas se lanzaron a una contraofensiva, y Atenas reconstruyó sus Largos Muros. Bajo la amenaza, Esparta terminó por firmar la Paz de Atalcidas, tanto con los griegos como con los persas (386 a.C).

Esta paz, protegida por el Gran Rey persa, permitía en realidad a Esparta continuar su política imperialista con la excusa de proteger la autonomía de las ciudades más pequeñas. Esparta obligó a Argos a conceder a Corinto su independencia, e incluso a Olinto a respetar la autonomía de sus ciudades de la Calcídica.

El declive espartano:

La hegemonía espartana fue clara entre el 403 a.C y el 371 a.C. Tras la batalla de Leuctra no solamente perdió Esparta dicha hegemonía, sino también la mayor parte de Mesina y la Liga del Peloponeso, que quedó disuelta. La irrupción de Macedonia en la arena política griega tampoco mejoraría las cosas. En el 330 a.C. el rey Agis III atacó a Antípatro, lugarteniente de Alejandro Magno, a la cabeza de una coalición peloponesa, pero fue vencido y muerto en la batalla de Megalópolis. Durante la Guerra Lamiana (a la muerte de Alejandro, en el 323 a.C), Esparta se hallaba demasiado débil para participar.

En el 205 a.C. Esparta se alió con Roma, modificando de raíz el equilibrio de fuerzas en la región. Los aqueos se apresuraron a firmar también tratados con Roma, enemistada por entonces con Macedonia. En el 197 a.C. Roma, en alianza con las demás ciudades griegas, se volvio contra Esparta, que se vio obligada a firmar la paz en el 195 a.C. Perdió con ello una parte importante de su territorio, el derecho a reclutar periecos, su Puerto y casi toda su flota.

En el 192 a.C. la Liga Aquea obligó a Esparta a ingresar en sus filas. Los espartanos se vieron forzados a derruir sus muros (los primeros de su historia, que Nabis había mandado edificar), libertar a los ilotas, abolir la “agogé” o educación específicamente espartana, etc. Se creó una situación de gran inestabilidad social que no se calmaría hasta el 180 a.C, cuando quedaron sin efecto las prohibiciones y regresaron los exiliados.

En el 148 a.C. los aqueos atacaron y derrotaron a Esparta. Roma intervino, exigiendo que Esparta y Corinto quedaran separadas de la Acaya. Esparta no era ya más que una ciudad de segundo orden, autónoma pero aislada, muy lejos de su esplendor de antaño.

La dominación Romana:

La dominación romana, ya sin ambiciones militares ni políticas, Esparta se concentró en lo que tenía de más específico: la educacion espartana. Ésta se endureció, atrayendo a los “turistas”, ávidos de ritos violentos y extraños. De este modo, los combates rituales que tradicionalmente se habían disputado en el santuario de Artemisa Ortia, bajo la dominación romana pasaron a convertirse en la “dimastígosis”: los niños eran flagelados, en ocasiones hasta la muerte. Ciceron lo relata en las Tusculanas (II, 34): la multitud que acude al espectáculo es tan numerosa que se hace necesario construir un anfiteatro delante del templo para acogerla. Este espectáculo atraerá turistas hasta el siglo IV de nuestra era, como lo testimonia Libanio (Discursos, I, 23).

Esparta fue saqueada por los hérulos en el 267 d.C, y definitivamente arrasada por los visigodos, en el 395 d.C. Los bizantinos edificarían luego la ciudad de Mistra cerca de las ruinas de la antigua Esparta

Julio Cesar

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Julio César (100 a.C – 44 a.C)

Militar y político cuya dictadura puso fin a la República en Roma. Procedente de una de las más antiguas familias del patriciado romano, los Julios, Cayo Julio César fue educado esmeradamente con maestros griegos.

Julio César pasó una juventud disipada, en la que empezó muy pronto a acercarse al partido político «popular», al cual le unía su relación familiar con Mario. Se ganó el apoyo de la plebe subvencionando fiestas y obras públicas. Y fue acrecentando su prestigio en los diferentes cargos que ocupó: cuestor, edil, gran pontífice, pretor y propretor de la Hispania Ulterior.

En el año 60 a.C, de regreso a Roma, Julio César consiguió un gran éxito político al reconciliar a los dos líderes rivales, Craso y Pompeyo, a los que unió consigo mismo mediante un acuerdo privado para repartirse el poder formando un triunvirato y así oponerse a los optimates que dominaban el Senado.

Al año siguiente, César fue elegido cónsul, y las medidas que adoptó vinieron a acrecentar su popularidad: repartió lotes de tierra entre veteranos y parados, aumentó los controles sobre los gobernadores provinciales y dio publicidad a las discusiones del Senado. Pero la ambición política de César iba más allá y, buscando la base para obtener un poder personal absoluto, se hizo conceder por cinco años el control de varias provincias (Galia Cisalpina, Narbonense e Iliria).

El triunvirato fue fortalecido por el Convenio de Luca en el año 56 a.C, que aseguraba ventajas para cada uno de sus componentes; pero respondía a un equilibrio inestable, que habría de evolucionar hacia la concentración del poder en una sola mano. Craso murió durante una expedición contra los partos y la rivalidad entre César y Pompeyo no encontró freno una vez muerta Julia, la hija de aquél casada con éste.

Entretanto, César se había lanzado a la conquista del resto de las Galias, que no sólo completó, sino que aseguró lanzando dos expediciones a Britania y otras dos a Germania, cruzando el Rin. Con ello llegó a dominar un vasto territorio, que aportaba a Roma una obra comparable a la de Pompeyo en Oriente.

El prestigio y el poder alcanzados por César preocuparon a Pompeyo, elegido cónsul único en Roma en medio de una situación de caos por las luchas entre mercenarios. Conminado por el Senado a licenciar sus tropas, César prefirió enfrentarse a Pompeyo, a quien el Senado había confiado la defensa de la República como última esperanza de salvaguardar el orden oligárquico tradicional.

Tras pasar el río Rubicón -que marcaba el límite de su jurisdicción-, César inició una guerra civil de tres años (49-46) en la que resultó victorioso: conquistó primero Roma e Italia; luego invadió Hispania; y finalmente se dirigió a Oriente, en donde se había refugiado Pompeyo. Persiguiendo a éste, llegó a Egipto, en donde aprovechó para intervenir en una disputa sucesoria de la familia faraónica, tomando partido en favor de Cleopatra («Guerra Alejandrina»).

Asesinado Pompeyo en Egipto, César prosiguió la lucha contra sus partidarios. Primero hubo de vencer al rey del Ponto, Pharnaces, en la batalla de Zela, que definió con su famosa sentencia veni, vidi, vici («llegué, vi y vencí»); luego derrotó a los últimos pompeyistas que resistían en África (batalla de Tapso, 46) y a los propios hijos de Pompeyo en Hispania (batalla de Munda, cerca de Córdoba, 45). Vencedor en tan larga guerra civil, César acalló a los descontentos repartiendo dádivas y recompensas durante las celebraciones que organizó en Roma por la victoria.

Una vez dueño de la situación, César acumuló cargos y honores que fortalecieran su poder personal: cónsul por diez años, prefecto de las costumbres, jefe supremo del ejército, pontífice máximo (sumo sacerdote), dictador perpetuo, emperador con derecho de transmisión hereditaria., si bien rechazó la diadema real que le ofreció Marco Antonio. El Senado fue reducido a un mero consejo del príncipe. Estableció así una dictadura militar disimulada por la apariencia de acumulación de magistraturas civiles.

Julio César murió asesinado en una conjura dirigida por Casio y Bruto, que le impidió completar sus reformas; no obstante, dejó terminadas algunas, como el cambio del calendario (que se mantuvo hasta el siglo XVI), una nueva ley municipal que concedía mayor autonomía a las ciudades o el reasentamiento como agricultores de las masas italianas proletarizadas; todo apuntaba a transformar Roma de la ciudad-estado que había sido en cabeza de un imperio que abarcara la práctica totalidad del mundo conocido, al tiempo que se transformaba su vieja constitución oligárquica por una monarquía autoritaria de tintes populistas; dicha obra sería completada por su sobrino-nieto y sucesor, Octavio Augusto.

4 julio 2009

Las 7 maravillas del mundo antiguo

Archivado en: Historia — almirantenearco @ 18:35

Estas Maravillas, ordenadas según el período de su construcción, son las siguientes:

1. La Piramide de Giza. Terminada alrededor del año 2570 adC, fue utilizada como tumba o cenotafio del faraón Jufu, denominado Keops por Herodoto. Ubicada en Giza, Egipto, es la única de las siete maravillas que aún se puede contemplar.
2. Los Jardines colgantes de Babilonia. Construidos en 605 adC – 562 adC. Ubicados en Babilonia, actual Iraq.
3. El templo de Artemisa. Construido hacia 550 adC – 325 adC. Ubicado en Éfeso, actual Turquía.
4. La Estatua de Zeus en Olimpia. Esculpida hacia 430 adC por Fidias. Ubicada en Olimpia, Grecia.
5. El Sepulcro de Mausolo (Mausoleo) en Halicarnaso. Construido hacia 353 adC. Situado en Bodrum, actual Turquía.
6. El Coloso de Rodas. Construido entre 294 adC y 282 adC. Ubicado en la isla de Rodas, Grecia.
7. El Faro de Alejandría. Construido entre 294 adC y 283 adC. Ubicado en Alejandría, Egipto.

De éstos, el único que ha sobrevivido hasta la actualidad es la Gran Pirámide de Giza, que además es el monumento más antiguo. La Gran Pirámide fue construida por los antiguos egipcios, Los Jardines Colgantes por los babilonios y los demás fueron construídos por los helenos de Grecia o sus colonias: el Mausoleo de Mausollos por los helenos de Caria; el Faro de Alejandría y el Coloso de Rodas por la civilización helenística y la estatua de Zeus por los antiguos griegos.

Pirámide de Giza:

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Las pirámides más famosas son: Keops, Kefren y Micerino, en Gizeh. La gran pirámide de Keops data del siglo XXVI a.C. Compuesta por 2.500.000 bloques pétreos de 2,5 toneladas de peso cada uno, mide 146 metros de altura y 234 de lado. Se mantiene en buen estado y puede ser visitada. Gizeth es la única de las maravillas que aun podemos ver, a pesar de ser la más antigua.

Las pirámides de Egipto fueron construídas entre el 2900 y el 2800 a.C., siendo uno de los elementos arquelógicos más formidables del Mundo. Tres faraones consecutivos construyeron el grupo más grande de monumentos en un mismo lugar, las Pirámides de Giza. Se tardo mas de 20 años para construir la más grande de las pirámides, la gran pirámide del faraón Keops, en Giza. Mide unos 147 metros de altura por 230 de ancho, siendo la estructura mas alta del mundo hasta la construcción de la Torre Eiffel en 1887.

Al verlas Napoleón asombrado dijo: “Soldados, desde lo alto de estas pirámides, 40 siglos nos están contemplando.”

Jardines colgantes de Babilonia:

Jardines colgantes

Los Jardines Colgantes de Babilonia probablemente “no colgaban” realmente en el sentido de estar suspendidos por cables o cuerdas. El nombre proviene de una traducción incorrecta de la palabra griega kremastos o del término en latín pensilis, que significa no justamente “colgar” pero si “sobresalir”, como en el caso de una terraza o de un balcón.

El geógrafo griego Estrabón, quién describió los jardines en el siglo I adC, escribió, “Este consta de terrazas abovedadas alzadas unas sobre otras, que descansan sobre pilares cúbicos. Éstas son ahuecadas y rellenadas con tierra para permitir que árboles de gran tamaño sean plantados. Los pilares, las bóvedas, y las terrazas están construidas con ladrillo cocido y asfalto.”

Las excavaciones arqueológicas más recientes en la antigua ciudad de Babilonia, en Iraq destaparon el asentamiento del palacio. Otros hallazgos incluyen la construcción abovedada con paredes gruesas y una irrigación cerca del palacio meridional. Un grupo de arqueólogos examinó el área meridional del palacio y reconstruyeron la construcción abovedada como los Jardines colgantes. Sin embargo, el historiador griego Estrabón había indicado que los jardines estaban situados en el río Éufrates, mientras que la construcción abovedada esta alejada varios cientos de metros. Reconstruyeron el lugar del palacio y localizaron los Jardines en el área que se extendía del río al palacio. En la orilla del río, las paredes recientemente descubiertas de 25 metros de espesor pudieran estar escalonadas en forma de terrazas, tal como las describen las referencias griegas. Sin embargo, hay pocas pruebas para cualquiera de estas teorías, pues no se menciona nada en los numerosos documentos babilónicos de la época.

Templo de Artemisa:


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Nuestro viaje nos lleva ahora a tierras helenas, donde buscaremos la mayor parte de las maravillas que nos faltan por ver. La Grecia Clásica es el auténtico faro de la civilización de su tiempo.

Nos detenemos en la ciudad de Efeso, a orillas del mar Jónico y junto a la desembocadura del pequeño Meandro. Seguimos a mediados del siglo VI AC. Ésta ciudad ha sido desde siempre un centro de culto a la diosa Artemisa, llamada después Diana por los romanos. Se trata de la soberana de la naturaleza selvática y de los animales salvajes, y suele representársela acompañada por una cierva y armada de arco y flechas. Desde muy antiguo, existe un templo dedicado a la diosa. Pero en el siglo VII a. de C., la ciudad sufrió el ataque de los sumerios y aunque se resistió, no se pudo evitar que el templo se incendiara y fuera destruido.

Tras una serie de donaciones publicas, el templo vuelve a levantarse. Cuenta con 127 impresionantes columnas de 20 metros de altura, algo descomunal para su época, y cuenta con esculturas de Escopas. Este templo ilumina la ciudad de Efeso durante dos siglos. Sin embargo, llega la tragedia: en el año 356 a. de C., el pastor Eróstrato destruye el templo incendiándolo, por puro afán de fama. Sin duda consiguió lo que buscaba, como lo prueba el que recordemos su nombre. Pero tal vez consiguió algo más que eso: demostrar a todos los hombres que por cada Escopas hay un Eróstrato, y que las maravillas construidas por el hombre deben ser protegidas del propio hombre.

Esta historia tiene un epílogo: cuando alrededor de veinte años después, Alejandro Magno ocupó la ciudad de Efeso y residió en ella por un tiempo, escuchó la historia del templo de Artemisa y descubrió que había sido destruído la misma noche en que había nacido él. Al parecer fué esta coincidencia la que le impulsó a reconstruir el templo, durante el tiempo que permaneció en Efeso instaurando un gobierno democrático. Una vez terminado, el nuevo templo (que hace el número tres en nuestra cuenta) contó con un retrato del propio Alejandro, pintado por Apeles, el más famoso pintor griego. Aunque el templo de Artemisa no recuperó jamás su pasado esplendor, al menos su antigua fama le valió una pronta reconstrucción.

La estatua de Zeus:

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Nuestro viaje saltará ahora un siglo adelante en el tiempo, pero en compensación no recorreremos apenas distancia; tan sólo unos pocos kilómetros hasta Olimpia, en la Élida, centro religioso de la antigua Grecia donde se rinde culto al principal de entre todos los dioses: Zeus. Aquí, bajo el monte Olimpo (uno de los muchos que hay en Grecia con ese nombre), se celebra cada cuatro años la más famosa de las festividades en honor de Zeus: la Olimpíada.

Estamos en el 450 a. de C., y se está terminado de construir el impresionante templo de Zeus, para el que no se escatiman medios: los mejores escultores de Grecia trabajan en él. Los dos frontones representan los preparativos de la competición que junto con las metopas, serán considerados no sólo el más importante conjunto escultórico del estilo severo, sino las más notables series escultóricas del arte clásico griego junto con el Partenón. Su autor, de quien no se sabrá el nombre, será conocido como el Maestro de Olimpia.

Pero nos queda por ver lo mejor del templo: la estatua de Zeus. Para realizarla se ha llamado nada menos que al más famoso de entre todos los escultores de la antigua Grecia: Fidias. Su estilo, por su plasticismo, por su equilibrio en la elección de temas, en la composición y en la gradación de los efectos del claroscuro, por su representación esencial, sin ser detallada del cuerpo humano, por su majestuosa y noble serenidad, y por su armonía de formas, consigue ser la encarnación de los ideales del arte griego.

Mausoleo de Halicarnaso:

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Volvemos a saltar un siglo hacia delante en el tiempo, y llegamos al año 352 a. de C. Las maravillas del mundo, que ya sumaban cuatro, vuelven a ser sólo tres, puesto que Eróstrato acaba de consumar su infame obra destruyendo el templo de Artemisa, hace apenas cuatro años. Pero el relevo va a llegar enseguida: una nueva maravilla será construída, dándose tales coincidencias entre ambas, que parece obra de una magia bienhechora decidida a compensar la pérdida.

Estamos en Halicarnaso, en la Caria, un estado del Asia Menor. Se trata de una ciudad importante; incluso cuenta con una fábrica de esos extraños discos de metal inventados por Creso que hacen las veces de moneda.

La ciudad luce esplendorosa: Mausolo ha conseguido llevarla a su cenit. Pero ahora la ciudad está de luto, pues Mausolo acaba de fallecer. ¿Qué tumba, que sepulcro será suficiente para un rey así? Su viuda Artemisa toma la decisión de no reparar en gastos; y de pronto, es como si toda la ciudad supiera que nunca más volvería a vivir una época tan magnífica como la de Mausolo, disponiéndose a demostrar su reconocimiento haciéndole la sepultura más especial de la historia, tanto, que dará nombre a los “mausoleos” que se construirán en el futuro.

Ya están en marcha las obras: los arquitectos Sátiros y Piteos construyen un podio rectangular; sobre él, se levanta una columnata de orden jónico; sobre ésta, una pirámide escalonada. Y en lo más alto, una estatua representando una cuádriga. El conjunto alcanza la vertiginosa altura de 50 metros. Pero eso no es todo; los mejores escultores griegos de la época esculpirán las estatuas y relieves.
Pero esta maravilla, va a ser la menos duradera de todas. Apenas dieciséis años más tarde, en el 334 a. de C., Alejandro Magno destruye la ciudad.

Él, que ordenara reconstruir el templo de Artemisa en Efeso, muestra ahora su semblante destructor. Y aunque poco después los reyes egipcios conquistarán la Caria y reconstruirán Halicarnaso, ciudad que permanecerá hasta nuestros días (hoy llamada Bodrum), del mausoleo sólo nos quedará la leyenda.

A diferencia de las dos maravillas anteriores, esta va a perdurar durante bastante tiempo: unos mil años, hasta que los terremotos que se producirán en el siglo VI d. de C. destruyan el templo en su mayor parte.

El faro de Alejandría:

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Vamos a saltar ahora unos setenta años hacia delante, y a viajar de nuevo a Egipto. Estamos en el año 280 a. de C., y desde que Alejandro liberó a este estado del dominio persa, los lazos entre griegos y egipcios se han estrechado: tanto, que su rey Ptolomeo II, es de origen griego descendiente de Ptolomeo, general de Alejandro que se quedo como faraón tras su muerte.

Esta fusión de egipcios y griegos tiene especial relevancia en la capital, Alejandría. Fundada por Alejandro Magno en el 332 a. de C., esta próspera ciudad se ha convertido en el más importante foco de la cultura helena.

Pero esta vez la maravilla no va a ser un templo, ni ninguna otra clase de edificio, sino una torre. Para guiar a los numerosos barcos que acuden constantemente a Alejandría, el rey ha decidido construir una torre que identifique el lugar de la ciudad desde muy lejos. Para ello han escogido la pequeña isla de Pharos, frente al puerto (de ahí el nombre de estos edificios)

El arquitecto Sostrato de Cnido dirige las obras, que conforme avanzan, adquieren un aspecto más impresionante. Cuando se finaliza, la torre mide más de 120 metros. En su cima está equipada con espejos metálicos para señalar su posición reflejando la luz del sol; y por las noches, a falta de luz, se enciende una hoguera.

Esta maravilla va a durar bastante: unos mil seiscientos años, hasta que en el siglo XIV los terremotos la derriben. De nuevo, como el Mausoleo, el nombre de esta maravilla – que en realidad es “la Torre de Faros”- designará a todas las construcciones posteriores realizadas con el fin de mostrar el camino a los barcos.

El Coloso de Rodas:

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Estamos en el 277 a.C. en el mar Egeo, apenas a 18 kilómetros de la costa, encontraremos la más importante de las islas Espóradas: Rodas, la capital del Dodecaneso, archipiélago compuesto por una veintena de islas.

Por ello no es extraño que alguna potencia de la época ambicione apoderarse de Rodas e intente tomarla, como Macedonia. Su rey, Demetrio I Poliarcetes, es conocido por su experiencia en el arte militar, sobre todo en los asedios, tanto, que en futuro los militares se referirán a la técnica de asediar fortalezas como “Poliarcética”. Demetrio ataca pues, Rodas. Sin embargo, la ciudad resiste los embates de este temible guerrero, quien finalmente se retira.

Para celebrar este triunfo, la ciudad decide elevar un monumento memorable a Helios, dios del sol, en el puerto. Dirige las obras Cares de Lindos, discípulo de Lisipo. La estatua va creciendo, primero el armazón de hierro y sobre él las placas de bronce. Finalmente, cuando la estatua se termina mide nada menos que 32 metros de altura. Su fama atraerá a viajeros de todo el mundo antiguo para verlo.

Con el Coloso, llegaron a ser cinco las maravillas del mundo que se alzaban sobre la faz de la tierra, número que no fué superado sino que fué decreciendo. Cincuenta y seis años después de su construcción, en el 223 a. de C., un terremoto derribó al Coloso.

Los habitantes de Rodas, siguiendo el consejo de un oráculo, decidieron dejar yacer sus restos donde cayeron. Y así fué, durante cerca de novecientos años, hasta que en el 654 d. de C. los musulmanes se apoderaron del bronce como botín en una incursión. La leyenda del Coloso tendió, cómo no, a agrandar sus proporciones. Durante el renacimiento el Coloso fué “descubierto” por los humanistas, al igual que el resto del arte griego, y su magnificencia fué remarcada haciéndose circular que su tamaño era tal que los barcos pasaban entre sus piernas. Pero el Coloso no necesita de mitificación: habrá de pasar la friolera de dos mil años hasta que el hombre realice otra estatua colosal que la supere, lo cual lo dice todo.




Anibal

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Aníbal (247 a.C – 183 a.C):

Aníbal Barca, fue un general cartaginés perteneciente a la dinastía Bárcida, que destacó por sus campañas contra los romanos. Está considerado uno de los líderes militares más importantes de la historia por sus excepcionales habilidades en la táctica y la estrategia en el campo de batalla.

Ascensión a general y campañas:

A la muerte de su padre en el 228 a.C, Asdrúbal el Bello quedó al mando del ejército cartaginés en Iberia y, asesinado éste en 221 a.C, el ejército eligió a Aníbal como general. Sin embargo, como sucediera con Asdrúbal, en Cartago el nombramiento fue mal recibido entre los aristócratas, denominados “Los Viejos”, defensores del nombramiento de Hannón el Grande, ya que consideraban que era peligroso convertir el mando del ejército en un cargo hereditario y más cuando lo ostentaban miembros de una familia demócrata, como era el caso de los Barca. A pesar de ello, el Consejo púnico confirmó el nombramiento hecho por la tropa.

Vistas las dificultades finalmente superadas de su nombramiento, Aníbal decidió lanzarse a realizar conquistas que demostraran su pericia en el mando y saciaran la sed de oro de los ambiciosos aristócratas que tanto habían desconfiado de la oportunidad de su mando. Recorrió el interior de la península ibérica durante dos años alcanzando con su campaña renombre militar, la confianza de sus soldados y tesoros inmensos para Cartago, llegando de esta manera a una situación en la que sí podría enfrentarse a los romanos.

Para evitar una inminente confrontación entre Roma y Cartago, Asdrúbal había establecido un tratado por el cual no se podía extender la influencia cartaginesa más allá del norte del río Ebro. Sin embargo, la alianza entre Roma y Sagunto, firmada posteriormente al tratado, vulneraba este tratado debido a estar la ciudad en la órbita de influencia cartaginesa. Esa fue la razón por la que Aníbal atacó Sagunto en el año 219 a.C, en respuesta al ataque de Sagunto sobre territorios cartagineses, provocando el estallido de la largamente esperada guerra entre Roma y Cartago.

Aníbal le confió la defensa de Iberia a su hermano Asdrúbal y partió en la primavera del 218 a.C con 100.000 infantes, 12.000 caballos y 50 elefantes a la conquista de Roma. Su ejército estaba formado por libios (africanos) y mercenarios íberos que se habían ido uniendo al ejército cartaginés a medida que, primero su padre, luego Asdrúbal, y finalmente el propio Aníbal, conquistaran el territorio. De esta forma, Aníbal pretendía desviar el golpe mortal que recaería sobre la metrópolis cartaginesa mediante un ataque desesperado directo al corazón de la República Romana.

Dirigiéndose hacia el norte, llegó a vadear el Ebro, frontera con el territorio romano, sin hallar resistencia entre los pueblos que encontró a su paso. En este punto confió a Hannón 11.000 hombres para mantener las comunicaciones entre el Ebro y los Pirineos, lugar hasta el que continuó, atravesándolo y avanzando luego hasta el Ródano. A pesar de sostener algunos combates con los galos que encontró a su paso, consiguió firmar pactos con algunos de ellos, ofreciéndoles las riquezas que encontraran más allá de las montañas.

Hacia Roma:

A medida que avanzaban hacia Roma, la infantería de Aníbal se redujo a la mitad, mayoritariamente por la deserción de algunas tropas novatas ibéricas que se habían unido a último momento motivadas por la fama adquirida por el estratega luego de sus victorias. Cuando Aníbal estaba preparando a sus tropas para cruzar el Ródano, un gran contingente de volcos, que habitaban en las cercanías del río, se situó en la otra orilla con la intención de evitar que los cartagineses cruzaran el río. Consciente de que por la fuerza no podría cruzar el río, Aníbal envió a Hannón con un destacamento de mercenarios íberos río arriba, con el fin de que cruzasen el río sin ser vistos y los sorprendieran por la retaguardia.

Así, remontaron el río hasta un lugar donde era menos profundo y al día siguiente, estas tropas bajaron hasta el campamento enemigo, cayendo sobre él y ahuyentando a los celtas, al tiempo que Aníbal cruzaba el Ródano.

A finales de octubre Aníbal llegó al nacimiento del río Isère, al pie de los Alpes, emprendiendo sin demora la ascensión a las altas y nevadas cumbres. Desde una de ellas el general mostró a los suyos la llanura del Po y las campiñas romanas; nadie hasta entonces había cruzado por tales lugares con un ejército. Veinte siglos después, Napoleón conseguiría repetir tal hazaña.

A pesar de la oposición de los nativos (galos cisalpinos) y de la dureza del descenso, logró cruzar los Alpes pisando por fin suelo romano. Pero las bajas habían sido terribles; no quedándole más que 20.000 infantes y 6.000 caballos para hacer frente a un pueblo que podía oponerle un ejército de 80.000 soldados

Tras un pequeño descanso para reparar su exhausto ejército, se enfrentó a los taurinos (de Taurini, la actual Turín), derrotándoles y prosiguiendo su avance a lo largo del río Po obligando a los romanos a evacuar la Lombardía por la superioridad de su caballería. La mayor parte de los galos cisalpinos (celtas), se incorporaron al ejército de Aníbal, sobre todo tras su victoria en la batalla del Trebia, río afluente del Po, en diciembre de (219 a.C) en las cercanías de Placencia, primera batalla formal entre Aníbal y los romanos de la Segunda Guerra Púnica.

Tras la victoria y asegurada su posición, marchó en primavera de 217 a.C sobre Arezzo, tan pronto como se lo permitió la estación. A causa de un poco de barro, perdió un ojo y durante un tiempo fue llevado a lomos del único elefante que le quedaba tras el paso de los Alpes y las batallas con los romanos, su elefante Surus.

Atravesados los Apeninos y después de derrotar en la batalla del lago Trasimeno al cónsul Flaminio, que pereció en la batalla, avanzó hacia Roma, donde Quinto Fabio Máximo había sido nombrado emperador. En su avance derrotó a Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo y a su poderoso ejército de 80.000 legionarios con un ejército de tan sólo 30.000. Ese mismo año (219 a.C), tras un largo sitio, conquistó Capua, la segunda ciudad más grande de Italia, convirtiéndola en su nueva base.

A pesar de sus victorias no pudo aún marchar sobre Roma, que podía resistir un largo sitio gracias a sus murallas y su constante aprovisionamiento por mar. Tampoco era viable el asedio de la ciudad, porque Aníbal carecía de material de asedio y hombres suficientes. De modo que envió a su hermano Magón a solicitar refuerzos a Cartago. La respuesta, por boca de Hannón el Grande, no pudo ser más desalentadora:

“Si Aníbal es vencedor, no los necesita; si es vencido, no es digno de ellos.”

De este modo Hannon demostraba su odio a Aníbal sin importarle el daño que le hacía a su patria.

Sin ayuda exterior, su posición en el sur de Italia se fue dificultando, al tiempo que su objetivo de conquistar Roma se tornó cada vez más remoto. Por otra parte, le resultaba cada vez más difícil defender a los pueblos que habían estado bajo el yugo romano y que ahora se aliaban con Aníbal porque veían en él a su libertador.

Regreso a Cartago:

Con la pérdida de Tarentum (actual Tarento) en 209 a.C y la gradual reconquista romana, su posición en el sur de Italia estaba perdida. En 207 a.C, Aníbal se replegó en las montañas a esperar refuerzos; sin embargo, el resultado de la guerra, extendida ya por España y Sicilia, se fue tornando favorable a los romanos. El joven cónsul Publio Cornelio Escipión, El Africano, que consiguió someter Sicilia y posteriormente Hispania , decidió trasladar la guerra a África para alejar a los cartagineses de Roma. Cartago, viéndose en peligro llamó a Aníbal que acudió, no sin antes saquear por el camino el tesoro público de muchas ciudades, dando así rienda suelta a su ira por tener que abandonar la lucha que durante 16 años había mantenido en tierra ajena sin lograr su propósito.

Una vez en Cartago, consciente del peligro que acechaba la ciudad, rehusó el enfrentamiento a pesar de las críticas del Consejo y se reunió con el general Escipión en la ciudad de Zama, 160 km al sur de Cartago, para negociar la paz, pero ante la falta de acuerdo los generales se retiraron a sus campamentos. Poco después, en el campo de batalla cercano a la citada ciudad, el ejército cartaginés cayó derrotado por la gran superioridad de la caballería romana (202 a.C). Tras la derrota, el Consejo, por iniciativa de Aníbal, envió embajadores para que aceptasen el convenio de paz ofrecido por Roma, con lo que finalizaba la Segunda Guerra Púnica.

De regreso a Cartago, Aníbal se hizo nombrar sufete, equivalente al cónsul romano, cargo desde el que mostró sus dotes de estadista llevando a cabo algunas reformas por el bien de la república. Siete años después de la derrota de Zama, los romanos, recelosos de la nueva prosperidad de Cartago, enviaron embajadores a la ciudad; intuyendo Aníbal que pretendían que se les entregase su persona, embarcó en secreto para refugiarse en la corte de Antíoco III, en Siria.

Captado el afecto del rey, pensó en coaligarlo con Filipo V de Macedonia y los cartagineses para invadir Italia por segunda vez. Con el propósito de informar a sus amigos del plan, envió un hombre a Cartago. Sin embargo, el plan fue descubierto y su emisario obligado a huir mientras Cartago renovó sus promesas de lealtad a Roma.

Tras una larga persecución, Roma encontro al final a Anibal, el cual, al verse atrapado tomo un veneno que siempre llevaba encima. Antes de morir dijo:

“Libremos a Roma de sus inquietudes, ya que no sabe esperar la muerte de un anciano.”

Alejandro Magno

Archivado en: Personajes — Etiquetas: , — almirantenearco @ 17:36

Como no, tenia que empezar con el Emperador Macedonio. Para que os situéis, nació en el año 356 a.C y murió a los 33 años en el 323 a.C, una vida muy corta si tenemos en cuenta todo lo que logro. Accedió al trono en el 356 a.C tras el asesinato de su padre, y no lo abandono hasta su muerte. Fue un grandisimo estratega militar y político, sabiendo no solo vencer al enemigo sino ganarse su simpatía tras la conquista, gracias a su gran inteligencia y a la excelente educación que le dio su tutor, Aristóteles.

Existen muchas anécdotas sobre su infancia. La más conocida sucede cuando su padre compro un caballo al que nadie podía domar. Alejandro pronto se dio cuenta de que el caballo se asustaba de su propia sombra, y lo dirigió hacia el sol con la cabeza elevada, consiguiendo así tranquilizarlo y montarlo. Después de esto, Filipo le regalo el caballo no antes sin decirle: “Macedonia es demasiado pequeña para tí”. Alejandro le puso al caballo el nombre de Bucéfalo, convirtiéndolo en los años posteriores en uno de los caballos más importantes de la historia, con el que llego hasta la frontera de la India.

En el momento del asesinato de Filipo II (padre de Alejandro) este acababa de conseguir el apoyo de la Liga Helénica (liga de estado griegos) para su apoyo de cara a la campaña militar mas grande concevida hasta la fecha, la conquista del Imperio Persa. Tras su ascenso al trono, el primer problema de Alejandro fue conservar este apoyo y apagar algunas revueltas de los pueblos del norte. Tras estas “pequeñas” campañas estaba listo para su gran sueño.

La campaña persa:

Alejandro salio de Macedonia en el 335 a.C con apenas 10000 griegos camino de Asia Menor, donde se encontró con la resistencia de Memnon de Rodas, que al mando de 40000 mercenarios intento detenerlo. Sin embargo, aun siendo 4 veces inferiores, gracias a las tácticas de Alejandro, Memnon tuvo que retirarse.

Después de esto, los macedonios siguieron avanzando hacia Asia teniendo lugar la Batalla de Isos, en la que Alejandro se encentra por primera vez a Dario III, rey persa, hasta entonces considerada la persona mas poderosa del mundo. Tras hacer que Dario huya del combate, Alejandro consigue dejar constancia de la seria amenaza que suponía su avance.

Tras esta batalla, el ejercito macedonio avanzo hacia el sur, a territorio fenicio, que conquisto con relativa facilidad, excepto la ciudad de Tiro, que acabo cayendo tras un largo asedio de 8 meses en el 332 a.C. Continuo hacia Egipto donde tras su consiguiente conquista se hizo proclamar “Hijo de Amon”, titulo reservado para los Faraones. Con el apoyo de los egipcios, organizo el gobierno de los territorios conquistados, incluida Grecia. Mientras tanto, Dario reunía el mayor ejercito jamás conocido de mas de 1 millón de persas (increíble para la epoca, teniendo en cuenta que Alejandro apenas debió contar con unos cientos de miles tras sus conquistas).

Abandonando el pais del Nilo, se dirigió hacia el interior del territorio persa, donde le esperaba Dario. Se produjo entonces la tremenda Batalla de Gaugamela, en la que se cree que fue la primera vez que un occidental veia un elefante, animales utilizados por los persas procedentes de la lejana India. Tras la victoria de Alejandro, Dario volvió a huir, pero fue traicionado por sus nobles y ejecutado en mitad del desierto.

Los extranjeros que vivían en Persia se sintieron identificados con Alejandro y se comprometieron con él para venerarle como nuevo gobernante. En su idea de conquista también estaba la de querer globalizar su imperio mezclando distintas razas y culturas. Los sátrapas en su mayoría fueron dejados en su puesto, aunque controlados por un oficial macedonio que controlaba el ejército.

En el 330 adC Filotas, hijo de Parmenión (general de maximo rango), fue acusado de conspirar contra Alejandro y asesinado junto con su padre por miedo a que éste ser rebelara al enterarse de la noticia. Tiempo después hubo una nueva conjura contra Alejandro, ideada por sus pajes, que tampoco logró su objetivo. Tras esto, Calístenes (quien hasta ese momento había sido el encargado de redactar la historia de las travesías de Alejandro), fue considerado como impulsor de este complot, por lo que fue condenado a muerte, quitandose la vida.

Uno de sus generales más queridos del último ejército legado por su padre fue Clito, apodado “El Negro”. Alejandro, para hacerse respetar en los nuevos territorios habia ido adoptando las costumbres persas, pretendia ser adorado como un dios. En un banquete, su amigo Clito, cansado de tantas tonterias y de oir cómo Alejandro se proclamaba mejor que su padre Filipo, le dijo indignado: toda la gloria que posees es gracias a tu padre; incorporándose volvió a gritarle: Sin mí, hubieras perecido en el Gránico.

Alejandro, borracho, buscó su espada enfadado, pero no la encontro ya que fue escondida por un soldado para evitar posibles accidentes. Clito fue sacado del lugar por varios amigos, pero regresó por otra puerta, y mirando fijamente al conquistador, repitió un verso de Eurípides: “Qué perversa costumbre han introducido los griegos”. Alejandro extayo, arrebatando una lanza a uno de los guardias con la que mató a Clito, que se desplomó en medio del estupor de los presentes. Arrepentido del crimen, pasó tres días encerrado en su tienda y algunos afirman que hasta trató de suicidarse a consecuencia de la muerte de su amigo.

Tras muchas peripecias y conquistas, Alejandro había invadido la Sogdiana y la Bactriana, se había casado con la princesa Roxana, y llevaría a su ejército a atravesar el Hindu Kush y a dominar el valle del Indo, con la única resistencia del rey indio Poros en el río Hydaspes.

A sus treinta y dos años su imperio se extendía hasta el valle del Indo por el Este y hasta Egipto por el Oeste, donde fundó la famosa ciudad de Alejandría. Fundador prolífico de ciudades, esta ciudad egipcia habría de ser con mucho la más famosa de todas las Alejandrías fundadas por el también faraón Alejandro.

Con sus acciones extendió ampliamente la influencia de la civilización griega y preparó el camino para los reinos del período helenístico y la posterior expansión de Roma. Fue además gran amante de las artes. Alejandro era consciente del poder de propaganda que puede tener el arte y supo muy bien controlar la reproducción de su efigie cuya realización sólo autorizó a tres artistas: un escultor, Lisipo, un orfebre y un pintor, Apeles. Los biógrafos de Alejandro cuentan que éste tenía en gran aprecio al pintor y que visitaba con frecuencia su taller y que incluso se sometía a sus exigencias.

Alejandro Magno murió a la edad de 32 años, tras caer enfermo en la fiesta de su amigo Medio. Las teorías que apuntan a la muerte por ingestión de alcohol no se sostienen, ya que según las fuentes Alejandro ya se encontraba algo indispuesto al acudir a la velada: el vino, ingerido no hizo más que agravar su malestar, pero no lo causó.

Desde entonces abundan las hipótesis al respecto de su muerte. Teorías actuales señalan como causa a la enfermedad vírica conocida como fiebre del Nilo. Otra es la de la malaria derivada en leucemia. Otras apuntan al envenenamiento por parte de sus generales para apoderarse del Imperio, teniendo como principales sospechosos a Casandro y su copero Yolas, quienes supuestamente le administraron un veneno en forma de agua putrefacta de los pantanos cercanos a Babilonia. Otras teorías apuntan a que fue Aristóteles, el antiguo tutor de Alejandro, quien les facilitó el veneno en venganza por el asesinato de su sobrino Calístenes. Pero la hipótesis del envenenamiento es actualmente descartada por la mayoría de los historiadores.

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